Dedicado a una persona a la que quiero mucho que me inspiro ciertas metáforas de como ver las cosas.
Noches oscuras, silenciosas, vacías. Noches que te ponen a pensar, a filosofar, a cuestionarlo todo. Esas noches que parecen no tener final de lo lento que pasa el tiempo. Esas noches… Las detesto.
Es difícil pensar que una persona como yo deteste la noche, por vocación, y hasta tal vez hasta de nacimiento, soy artista: hago música, escribo canciones. Para mí, la noche era el momento en que mejor podía dejar salir mi lado creativo, mi lado original, mi lado honesto y sincero, mi inconsciente, ese que deja de lado toda preocupación diurna y se concentra solo en dejar en blanco y negro lo que pasa por mi mente. Y si, en blanco y negro, no una escala de grises; no me gustan los colores intermedios; me gusta llamar a las cosas por su nombre. Bien es si, bien es no, pero no un quizás. No me gustan los intermedios, no me gustan los quizaces. No me gusta que la mitad de las personas que conozco me digan “te quiero” porque no puedo saber si es sincero; especialmente detesto que tú lo hagas. Detesto que me digas que soy parte de tu felicidad, que soy parte ese 1% que hace tu vida mejor. Detesto más aún cuando me dices que no puedes evitar querer que todo termine, que el mundo te parece vacío, que no hay razones para imaginar felicidad en el planeta o que quieres irte lejos, “desaparecerte”. No, no me gusta; y no me gusta porque son falsas verdades.
Si, falsas verdades. Te escondes siempre tras una máscara, una que siempre refleja extremos. Cuando estas feliz dices cosas hermosas, cosas que toda persona quisiera escuchar, te muestras tan positivo, tan lleno de vida; cuando entras en fase filosófica, quieres que todo acabe, hundirte en soledad y miseria. Contigo es frio o caliente, blanco o negro; pero todo, llevado a un extremo, aún más claro de cómo yo desearía que fuera. Yo pido la distinción y tú, tú quieres los polos opuestos en un ángulo de 180 grados. Y no sé porque esta horrible personalidad tan bipolar que tienes me gusta.
Lo sé, es contradictorio, no tiene sentido, hablo barrabasadas…. Pero, tranquilo, yo tampoco sé porque me gusta que seas así. No lo entiendo. Es, francamente, complicado. Eres un enigma para mí la mitad del tiempo; eres un libro que nunca conseguiré acabar de leer, no porque seas complicado, no porque seas extenso, sino porque o te arrancaron páginas o las escribieron con tinta invisible, porque no las puedo leer, o faltan algunas para completar la historia y armar este rompecabezas. Eres desconcertante, y creo que eso es lo que me gusta; eres diferente, eres raro. Tienes una mirada fatalista del mundo que me inspira a escribir canciones, no sobre tu visión del universo, sino de cómo esta me frustra porque a pesar estos defectos, de ser tan opuesto a mi, me gustas.
Es difícil olvidarte, eres “eso” que quiero y no puedo tener. Tal vez sea solo un capricho; tal vez sea solo yo como niña engreída queriendo ese juguete con el que me dijeron que no puedo jugar. Me pregunto porque las otras niñas si pueden tener ese juguete, me pregunto porque soy la única que no puede tenerlo. Ellas no lo quieren realmente; yo si, o al menos eso es lo que creo. ¿Sería tan malo jugar con él solo una vez? ¿Solo para saber que se siente? ¿Saber si realmente lo quiero y planeo no lo dejarlo por más que crezca? Nunca sabré las respuestas a esas preguntas y no quiero saberlas tampoco. Resolverlas sería dar la solución a un dilema que no quiero que deje de rondar mi mente todavía. Sería dejar de cuestionarme todo lo que me pasa, sería dejar atrás toda ilusión, toda esperanza. Sí, soy complicada, soy ambigua, soy extraña. Odio las noches en que no puedo hacer otra cosa que pensar, pero no quiero dejar de pensar en ti. Odio tener que filosofar sobre lo que me pasa y lo que te pasa, sobre lo que fuimos, somos y lo que podríamos llegar a ser; sin embargo, eso es lo que me mantiene soñando, imaginando, riendo, sonriendo, y escribiendo mis canciones.
Es difícil admitir que eres tú para quien escribo, que eres la “musa” de mis canciones, la razón por la que divago y por la que ando perdida contando estrellas durante los cursos más aburridos de la universidad, que eres al fin y al cabo eso que también quiero ser y no puedo. Esa barrera que dibujas entre los dos, esa que construyes cual niño pequeño jugando con plastilina de colores, es la que me demuestra que no importa cuantas veces intente cruzarla, serás capaz de retomarla, reconstruirla y ponerla frente a mí. Eso es lo malo de la plastilina: no puedo borrarla como podría hacerlo con un lápiz, ni echarle corrector como al lapicero, ni acetona como al esmalte de uñas; tu barrera de plastilina aunque haga mi mejor intento y logre desarmarla, podrás volver a construirla.
Es por eso que sé que no me estoy dando por vencida, es por eso que sé que ya luché, y ya hice todo lo que podía hacer por ti; que te dije todo lo que quería que supieras. Pero no puedo enfrentar lo inevitable, no puedo entrar si no me abres la puerta; y, sinceramente, ya esperé de pie mucho tiempo. Por eso, no estoy dándome por vencida, no estoy siendo conformista, no estoy siendo una más del rebaño como calificas a cada persona que conoces, no. Quizás si estoy queriendo lo que no puedo tener como bien dices, pero ya me aburrí, ya entré en la monotonía. Dejaste de ser un caleidoscopio para convertirte en algo de armonía monocromática. Dicen por ahí que la vida es mas bella en blanco y negro, que todo se ve mas bello porque realzas contrastes, sombras y, por ende, luz; es como ver las teclas de un piano… No obstante, un piano es un piano, y tu eres una persona, y una persona sin una pizca de color se vuelve tan solo uno mas de esos libros empolvados en el estate, esos libros que ya no quieres leer porque aburren, porque no te provocan empatía, porque no te permiten soñar, querer, sonreír. Es por eso que hoy, te cierro, decepcionada, para ser honesta, de un epílogo que no me permitió ver mas allá de la portada y de una contraportada que no era lo que parecía. Así, te dejo de nuevo en el estante del que te saqué, esperando no volverte a leer en un futuro cercano. Gracias por haber sido mi libro de cabecera todo este tiempo, pero los libros de filosofía están terriblemente sobrevalorados hoy en día.
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