28 may 2012

Desenfoque automático


Son esos encuentros, los inesperados, los que nos enseñan que hay personas maravillosas en el mundo. A veces no las percibimos a primera vista, a veces simplemente se escapan de nuestro marco visual, de nuestro encuadre. Muchas veces vemos a esas personas como extras en vez de verlas como protagonistas. Pero, tal como en las películas, ese personaje callado, oculto entre otros, que parece estar escondido en lo recóndito de la trama, se presenta minutos después con mayor importancia y nos damos cuenta de cual es su verdadero rol en nuestra vida. Es así como muchas veces esa persona que no vimos en una primera instancia, mágicamente capta nuestra atención ahora, el foco se modifica y lo muestra ahora en una nitidez tal que llama la atención y buscamos sus mejores ángulos.

¿Suena genial el proceso cierto? No es el típico amor a primera vista que pintan los cuentos o las películas, sino es algo que parece primero trabajarse. Es un copo de nieve que se encuentra con otro. Luego mientras enfocas mejor y la imagen se vuelve mas nítida llegas a conocer a ese  alguien de una manera tal, que es fascinante y te preguntas como no lo conociste antes… Y poco a poco esos dos copos de nieve se vuelven una bola de nieve… La amistad crece, se desarrolla, se hablan, se ven, se escriben diario y sin parar día tras día. Y la bola de nieve crece, y te diviertes jugando en la nieve, haciendo iglús, ángeles en ella, mirándola brillar. Pero cuando sale el sol, la temperatura aumenta, entre guerra y guerra, la bola de nieve vuelve a ser tan solo copos; y con el calor, estos copos se derriten y desaparecen…

Así de efímero pueden llegar a ser el amor, la amistad o el enamoramiento; así de rápido algo puede pasar de un todo a un nada. El amor y la felicidad no son palabras compatibles. Y, si parecen serlo, todo es una ilusión: una aparente cristalización, volver bello algo que no es, omitir lo difícil, lo oscuro, lo confuso para aparentar que todo esta bien; es en resumen, reír como un payaso. Tener una sonrisa dibujada en el rostro pero llorar por dentro. El famoso antifaz que siempre me gustó utilizar para hablar de ese eso que somos y no podemos compartir con todos es lo que mas se le asemeja. Yo no me puedo quitar el antifaz con facilidad, es doloroso; siempre es doloroso…

Solía hacerlo, hace mucho tiempo, solía hacerlo… Ahora se ha vuelto casi un uniforme. Las malas experiencias te dan lecciones de vida, y a mí más de una, pero sobre todo esa en particular, me enseño que mi antifaz es mi defensa personal. Muchos se ocultan poniendo trabas, otros usando los puños, otros con agresión verbal; yo me conformo con ponerme mi antifaz y tener una sonrisa siempre en mi rostro. Si me miras a los ojos no veras sufrimiento, no veras dolor; veras siempre anhelo, esperanza, y esa luz que deja la felicidad efímera. Frente al mundo no puedo quitarme el antifaz, frente a nadie, ni siquiera frente a la persona más cercana a mí porque cuando lo hice esa vez todo termino mal.

¿Me pregunto por que lo hice?

¿Por qué de una manera tan fácil?

Fue la primera persona en la que decidí que podía confiar, que pensé que seria mi apoyo siempre porque pregonaba que nuestra amistad era irremplazable. Me equivoque. La nieve se derritió y nos desvanecimos junto con nuestra disque amistad.

Es por eso que cuando lloro, lloro para mí, no puedo llorar y que me vean, a menos que sea por una razón artificial y ajena a mí; no puedo. Llorar es mostrar debilidad. Por ende, llorar delante de alguien es darle armas con las cuales lastimarte, es propiciarle el escenario perfecto en el que eres más vulnerable: ponerte un letrero que diga “dispare aquí” del tamaño de tu cabeza y con luces de neón. Es más sencillo dejar el antifaz en su lugar y esbozar una sonrisa triunfante. Nadie dudará de ti mientras sepas llevar el antifaz con orgullo. No es una sonrisa dibujada como la del payaso, es una sonrisa que eres capaz de mostrar porque eres fuerte y el mundo no necesita ver tus demonios reflejados en tu rostro. Esos demonios son para ti y para las noches solitarias con una caja de pañuelos.

¿Y para que todo este análisis de la psicología humana? Para llegar al punto en que podemos decir que las ganas de ser fuertes, las ganas de hacernos los fuertes frente a los demás, muchas veces nos llevan al masoquismo. No masoquismo físico, no. No es el hecho de cortarte, golpearte ni lastimarte, esos son masoquismos suaves: pasan después de realizarlos. Sino, masoquismo psicológico. Ese momento en que simplemente quieres ver hasta donde esa persona va a llegar, hasta que punto nada era lo que creías. Llegar a darte cuenta que te advirtieron y lo negaste, que te volvieron a advertir e ignoraste, que al final, perdiste el orgullo, hace mucho, teniendo esperanzas.

Quien te lastima siempre llegara más allá de lo que tu pensaste, lo negado siempre será realidad así como lo ignorado; y en ese momento sentirás que burlaron tus defensas, que te convencieron con un ilustrado parloteo de que te quitaras el antifaz una vez más y de regalar un poquito de ese algo que ocultas, de ese algo que proteges porque ya te costó reconstruirlo una vez y no volvió a ser lo de antes. Por que quieras o no, eres un juguete roto y lo sabes, un juguete que hace mucho perdió esa pieza faltante y que no crees volver a encontrarla ya que al desaparecer dicha persona se llevó algo de ti consigo. Es en esos momentos en los que ya no puedes escapar que te miras al espejo y te das cuenta que no retiraste el antifaz unos segundos sino que te lo quitaste y no lo llevas contigo; ese momento en que te sientes desnudo frente al mundo y nada parece lo que es. Y lo único que quieres es que duela, que duela tanto que te nuble la vista. Que duela tanto que cuando vuelva a aparecer en el encuadre el dolor sea capaz de desenfocarlo, que supere cualquier sentimiento. Y te dicen que dejes de hacer eso, que no te dañes, que no te lastimes, que no vale la pena. Pero no puedes. Al verte al espejo ves ese vacío, vez ese cliché en el que caíste y que siempre criticaste, vez eso que no eres. El dolor es lo único que lo cambia. El dolor es lo único que llena ese vacío. Lo único que te permite reír es la ironía de cómo suceden las cosas y la rabia que te altera los nervios; por ultimo, otra vez, ese sentimiento de sadomasoquismo simplemente te muestra lo tonta que fuiste mientras tratabas de creerle a un sapo disfrazado de príncipe.

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