Son esos encuentros, los inesperados, los que nos enseñan que hay
personas maravillosas en el mundo. A veces no las percibimos a primera vista, a
veces simplemente se escapan de nuestro marco visual, de nuestro encuadre.
Muchas veces vemos a esas personas como extras en vez de verlas como
protagonistas. Pero, tal como en las películas, ese personaje callado, oculto
entre otros, que parece estar escondido en lo recóndito de la trama, se
presenta minutos después con mayor importancia y nos damos cuenta de cual es su
verdadero rol en nuestra vida. Es así como muchas veces esa persona que no
vimos en una primera instancia, mágicamente capta nuestra atención ahora, el
foco se modifica y lo muestra ahora en una nitidez tal que llama la atención y
buscamos sus mejores ángulos.
¿Suena genial el proceso cierto? No es el típico amor a primera vista
que pintan los cuentos o las películas, sino es algo que parece primero
trabajarse. Es un copo de nieve que se encuentra con otro. Luego mientras
enfocas mejor y la imagen se vuelve mas nítida llegas a conocer a ese alguien de una manera tal, que es fascinante
y te preguntas como no lo conociste antes… Y poco a poco esos dos copos de
nieve se vuelven una bola de nieve… La amistad crece, se desarrolla, se hablan,
se ven, se escriben diario y sin parar día tras día. Y la bola de nieve crece,
y te diviertes jugando en la nieve, haciendo iglús, ángeles en ella, mirándola
brillar. Pero cuando sale el sol, la temperatura aumenta, entre guerra y
guerra, la bola de nieve vuelve a ser tan solo copos; y con el calor, estos
copos se derriten y desaparecen…
Así de efímero pueden llegar a ser el amor, la amistad o el
enamoramiento; así de rápido algo puede pasar de un todo a un nada. El amor y
la felicidad no son palabras compatibles. Y, si parecen serlo, todo es una
ilusión: una aparente cristalización, volver bello algo que no es, omitir lo
difícil, lo oscuro, lo confuso para aparentar que todo esta bien; es en
resumen, reír como un payaso. Tener una sonrisa dibujada en el rostro pero llorar
por dentro. El famoso antifaz que siempre me gustó utilizar para hablar de ese
eso que somos y no podemos compartir con todos es lo que mas se le asemeja. Yo
no me puedo quitar el antifaz con facilidad, es doloroso; siempre es doloroso…
Solía hacerlo, hace mucho tiempo, solía hacerlo… Ahora se ha vuelto
casi un uniforme. Las malas experiencias te dan lecciones de vida, y a mí más
de una, pero sobre todo esa en particular, me enseño que mi antifaz es mi
defensa personal. Muchos se ocultan poniendo trabas, otros usando los puños,
otros con agresión verbal; yo me conformo con ponerme mi antifaz y tener una
sonrisa siempre en mi rostro. Si me miras a los ojos no veras sufrimiento, no
veras dolor; veras siempre anhelo, esperanza, y esa luz que deja la felicidad
efímera. Frente al mundo no puedo quitarme el antifaz, frente a nadie, ni
siquiera frente a la persona más cercana a mí porque cuando lo hice esa vez
todo termino mal.
¿Me pregunto por que lo hice?
¿Por qué de una manera tan fácil?
Fue la primera persona en la que decidí que podía confiar, que pensé
que seria mi apoyo siempre porque pregonaba que nuestra amistad era
irremplazable. Me equivoque. La nieve se derritió y nos desvanecimos junto con
nuestra disque amistad.
Es por eso que cuando lloro, lloro para mí, no puedo llorar y que me
vean, a menos que sea por una razón artificial y ajena a mí; no puedo. Llorar
es mostrar debilidad. Por ende, llorar delante de alguien es darle armas con
las cuales lastimarte, es propiciarle el escenario perfecto en el que eres más
vulnerable: ponerte un letrero que diga “dispare aquí” del tamaño de tu cabeza
y con luces de neón. Es más sencillo dejar el antifaz en su lugar y esbozar una
sonrisa triunfante. Nadie dudará de ti mientras sepas llevar el antifaz con
orgullo. No es una sonrisa dibujada como la del payaso, es una sonrisa que eres
capaz de mostrar porque eres fuerte y el mundo no necesita ver tus demonios
reflejados en tu rostro. Esos demonios son para ti y para las noches solitarias
con una caja de pañuelos.
¿Y para que todo este análisis de la psicología humana? Para llegar al
punto en que podemos decir que las ganas de ser fuertes, las ganas de hacernos los
fuertes frente a los demás, muchas veces nos llevan al masoquismo. No
masoquismo físico, no. No es el hecho de cortarte, golpearte ni lastimarte,
esos son masoquismos suaves: pasan después de realizarlos. Sino, masoquismo
psicológico. Ese momento en que simplemente quieres ver hasta donde esa persona
va a llegar, hasta que punto nada era lo que creías. Llegar a darte cuenta que
te advirtieron y lo negaste, que te volvieron a advertir e ignoraste, que al
final, perdiste el orgullo, hace mucho, teniendo esperanzas.
Quien te lastima siempre llegara más allá de lo que tu pensaste, lo
negado siempre será realidad así como lo ignorado; y en ese momento sentirás
que burlaron tus defensas, que te convencieron con un ilustrado parloteo de que
te quitaras el antifaz una vez más y de regalar un poquito de ese algo que
ocultas, de ese algo que proteges porque ya te costó reconstruirlo una vez y no
volvió a ser lo de antes. Por que quieras o no, eres un juguete roto y lo
sabes, un juguete que hace mucho perdió esa pieza faltante y que no crees volver
a encontrarla ya que al desaparecer dicha persona se llevó algo de ti consigo. Es en esos momentos en los que ya no puedes escapar que te miras al espejo y te das cuenta que no retiraste el antifaz unos segundos sino que te lo quitaste y no lo llevas
contigo; ese momento en que te sientes desnudo frente al mundo y nada parece lo
que es. Y lo único que quieres es que duela, que duela tanto que te nuble la
vista. Que duela tanto que cuando vuelva a aparecer en el encuadre el dolor sea
capaz de desenfocarlo, que supere cualquier sentimiento. Y te dicen que dejes
de hacer eso, que no te dañes, que no te lastimes, que no vale la pena. Pero no
puedes. Al verte al espejo ves ese vacío, vez ese cliché en el que caíste y que
siempre criticaste, vez eso que no eres. El dolor es lo único que lo cambia. El
dolor es lo único que llena ese vacío. Lo único que te permite reír es la ironía
de cómo suceden las cosas y la rabia que te altera los nervios; por ultimo,
otra vez, ese sentimiento de sadomasoquismo simplemente te muestra lo tonta que
fuiste mientras tratabas de creerle a un sapo disfrazado de príncipe.